El pan de cada día

Hace seis meses cambié de horario. Ahora empiezo a las seis. Más temprano la gente anda muy a las vivas y te pueden sacar un susto o llamarle a la tira.  Una  vez traté de salirme, empecé a pepenar basura. Ya quería reformarme. Me habían metido al tambo por dos meses y mi chamaquita acababa de nacer, ni siquiera pude verla. Me agarró la chota y me quebraron. Yo le decía a Marita que fuera a verme, que llevara a la niña tan siquiera para conocerla, pero no quiso. Me pasé dos meses como perro. Por eso saliendo me metí a lo de la basura y ahí íbamos. No nos iba tan mal. Luego hasta encontraba anillos o pulseras finas. Uno encuentra de todo en la basura, hasta dedos y otras cosas espantosas. Dicen que también se encuentran cuerpos, pero a mí nunca me tocó. Luego me chingaba una que otra cosita para la Marita sin que el patrón se diera cuenta.

Está difícil quitarse lo caco. Pero a la Marita no se la puede tener contenta con nada. No soportaba el olor: que si me había revolcado en el basurero, que si apestaba, que si parecía un marrano, que si esto, que si lo otro. Ya me tenía cansado y pa’cabarla, me mandaba a dormir a la otra esquina del cuarto. Y ya de echar pata ni hablamos.  Uno no puede vivir así. A mí, el olor no me importaba, pero la calentura… la calentura es la calentura, y  teniéndola al lado, tan cerquita,  eso sí que no es de Dios.  A veces me daba a una que otra vieja del basurero, pero no es lo mismo andar de putas que coger con la vieja de uno y antes de que la Marita se pusiera viva y se consiguiera otro cabrón, pues mejor me regresé al asalto.  No secuestro, nomás robo, pero entre que la competencia está cada día más perra y que la gente no reacciona si no es con extrema violencia, el negocio va mal. Porque yo soy un pacifista, pero necesito comer y sacar pa’ la Marita y pa’ la niña.

La rutina en la calle es una jija y la gente no tiene feria, todos están bien jodidos. La neta, lo que saco no compensa el susto que les meto.  Pero cada vez se asustan menos.

Ya no basta con gritar que esto es un asalto, la gente quiere ver el cuchillo, la fusca, una chingada arma que les demuestre que es de a de veras este pedo, pero uno no puede andar sacando fuscas y cuchillos como banderas a plena luz del día, hay llamar la atención, gritar bien recio, poner cara de hijo de puta, porque luego ni te escuchan de tan alto que traen los audífonos o de tan apendejados que van con el teléfono.

Los celulares sí se venden, aunque es un pedo desbloquearlos, si por micro sacas tres, ya la armaste chida y luego hasta lo acaba comprando el mismo güey al que se lo chingaste, ahí enfrente de la Latino.

Los conductores son banda, ya me conocen, me dejan subir sin pedos, hacen como que se asustan, pero luego les paso su corta. ¿La mafia? En todos lados. Eso sí, si me agarran, me agarran solo, no embarro a nadie, no hay que ser.

Mi regla: terminar a las doce, más tarde se pone peligroso y pa’ regresar hay que chingarse a algún taxista y pues qué necesidad.

En los micros es más fácil porque el miedo se pega y con que se le meta bien  a uno, ya nomás te vas de corrido. La última es la parte más difícil. Pero hay que hacer todo rápido. Si alguien titubea, se desmaya o chilla, mejor hacer como que no existe. Quitar teléfonos, carteras, bolsas, mochilas… luego hasta traen computadoras, y salir hecho la mocha, pelarte en corto antes de que se pongan vivos o te caiga la chota. Depende del poli, luego no hay tanto pedo, como en todo, es cosa de ir haciendo amigos.  ¿Entendiste, compa?  ¡Chíngale, trépate a ese!

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