… y sereis como niños.

En una de las ediciones pasadas de Permanencia Involuntaria, interesante Podcast conducido por Fausto Ponce, hablamos sobre cómo la sociedad actual prepondera el consumo de materiales audiovisuales con un alto contenido de fantasía, aventura, superhéroes y ciencia ficción. Estos temas, que en su mayoría se han clasificado como dirigidos al público infantil, están siendo consumidos más que nunca por adultos entre los veinte y los cuarenta años.

Existen filósofos como Jean Baudrillard que se han referido a este fenómeno como una “infantilización” de la cultura:

Puesto de forma simple, esta es la idea de que como sociedad se nos mantiene en un estado de crecimiento detenido por las fuerzas dominantes para que seamos más manejables. Nos hacen apasionarnos por cosas que nos gustaban de niños como un medio para desviar nuestra atención de las cosas en las que deberíamos estar enfocados: inequidad, corrupción, injusticia económica, etc. Hace sentido que cuando somos enfrentados con lo espantoso del mundo, las duras realidades que nos rodean, nuestro instinto sea buscar comodidad, y ¿dónde estuvimos, la mayoría de nosotros, más cómodos que en nuestra juventud?

Vicente Verdú, retoma el concepto:

El autor de El estilo del mundo y columnista de El País se refiere aquí a una tendencia regresiva visible en todos los órdenes de la vida. Está íntimamente ligada a la cultura de masas, donde se sustituye la reflexión por las emociones y sensaciones. Y alude al juego como un elemento constitutivo de esta realidad.

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Ilustración de Sveta Dorosheva

En lo personal, me parece que utilizar el término infantilización para denominar un fenómeno que, “lleva a la decadencia social”, es desagradable porque entonces parece que un adulto que disfruta haciendo cosas propias de los niños no puede ser un miembro serio, responsable y respetable de esta sociedad.

Es un hecho que cada vez más adultos buscamos recrearnos jugando, leyendo o siendo parte de universos y mundos fantásticos. El problema de esto es que hay gente que piensa que “juego es igual a niño y que niño es igual a ser humano que se encuentra en un nivel inferior al resto de los humanos.” En realidad, yo creo que lo que se necesita es acuñar un término que pueda ser aplicado correctamente para designar un fenómeno nunca antes visto.

La evolución social está rompiendo paradigmas y uno de ellos es aquel que encasilla al adulto exitoso como una persona seria, rodeada de gente seria, que consume cosas serias. Mientras que el excéntrico comportamiento “infantil” de los mayores se reserva únicamente a los artistas y a los viejos. Pero eso está cambiando.

Muchos de los treintones de hoy no han dejado atrás los mundos fantásticos que los hicieron soñar de niños. Más bien, esos mundos se han perpetuado gracias a que la industria del entretenimiento encontró a la gallina de los huevos de oro y creó un monstruo millonario de diversión disfrazada de entretenimiento para niños. Incluso hay un segmento de mercado que la agencia de publicidad Saatchi&Saatchi ha catalogado con las siglas AABKA (Adults are becoming kids again). Y el problema no es que disfrutemos yendo al cine a ver este tipo de películas, el problema es que ver a un hombre vestido de mallitas con los calzones de fuera salvando al mundo por enésima vez, se convierta en la única oferta en las salas porque asegura una taquilla millonaria. Por lo tanto, cada vez se ofrecen menos contenidos “serios”. Creo que el riesgo que se corre no es que los adultos se vuelvan desenfadados sino que, eventualmente, la industria deje de invertir en la tragedia, el melodrama o el documental,  y el que se vea empobrecido sea el propio séptimo arte.

De hecho, tanto Spielberg como George Lucas han externado su consternación al respecto, diciendo que la única manera de evitar que esto ocurra sería con la “implosión de Hollywood” que ocurriría cuando una de esas películas deje de ser taquillera.

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Ilustración de Sveta Dorosheva

Pero el panorama no indica que la fórmula les vaya a fallar pronto, porque lo que vende Hollywood son experiencias y películas diseñadas expresamente para un público adulto que está harto de los problemas del mundo y  ávido por olvidarse de ellos, así que no importa si la trama  está bien construida o no; mientras alguien salve al mundo entre explosiones y efectos especiales. Incluso puede que comparta la experiencia con sus hijos, asegurándole a la industria más posibles fans por los siguientes veinte años. Entonces, podríamos pensar que es una cuestión de oferta de contenidos aunado a la necesidad de escindirse del mundo.

Verdú asegura que los adultos reclaman su “derecho a ser niños otra vez” pero yo digo que reclamamos nuestro derecho a ser adultos que hacen cosas divertidas que no podríamos haber hecho siendo niños.  También afirma que “la infantilización de la cultura” va bien con un mundo empobrecido culturalmente, pero yo creo que podríamos tomar algo de la sabiduría infantil de esas “regresiones” para culturizar de otra manera a la sociedad que de tanta seriedad se ha quedado seca, apagada y sin nuevas propuestas que emocionen o conmuevan.

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Ilustración Sveta Dorosheva

Pensemos en aquellas historias en las que los viejos vuelven a ser como niños, se divierten, aprenden cosas nuevas, hacen travesuras y deshacen las telarañas de la locura y la depresión a través del juego; son historias entrañables y profundas –algunas–, pero parece que la sociedad sólo acepta que uno se regrese a ese estado de gozo que es la infancia cuando ya se está cerca de la muerte.

Unos meses antes de morir, Albert Camus apareció en un programa de televisión diciendo:

Hoy, la felicidad se ha convertido en una actividad excéntrica. La prueba está en que tendemos a escondernos de los otros cuando la practicamos. En lo que a mí corresponde, tiendo a pensar que uno necesita ser fuerte y feliz para poder ayudar a aquellos que son desafortunados.

[Debemos] ser felices con nuestros amigos, en armonía con el mundo y ganarnos la felicidad al seguir un camino que, inevitablemente, nos llevará hacia la muerte.

Pertenezco a esta generación de treintones entrados en los cuarenta que –me declaro culpable– disfruta de la animación, la fantasía y la ciencia ficción, así como de los contenidos para niños, de los cuales abrevo para nutrir mi propia obra. Creo que es nuestra responsabilidad encontrar la profundidad dentro de estos géneros; descubrir y compartir con nuestros pares las reflexiones que ellos encierran.

Nos corresponde colocar cada cosa en su lugar, exigir a la industria contenidos de calidad con tramas interesantes –aunque sean de superhéroes– y demostrar a aquellos que aseguran que vestir jeans y tenis, andar en patineta, jugar videojuegos y ser fan de Star Wars es sinónimo de falta de compromiso; que somos confiables y responsables pero que también nos gusta divertirnos y, sobre todo, que no hay nada de malo en ello.

Sígueme en twitter @monbonfil

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