Un mundo de sombras

La sombra carece de sentido.
Le falta fuerza y no posee una
existencia continua por sí misma.
Pero el sinsentido es inseparable y
hermano inmortal del significado supremo.
C.G. Jung, Liber Novus

A lo largo de mi vida he pasado muchas horas contemplando sombras, maravillada ante la realidad que ocultan; añorando comprender los misterios que encierran; aterrada de que el monstruo que acecha en su oscuridad se haga tangible y me devore.

Como parte de esta exploración, hace unos años decidí estudiar el teatro de sombras. Y como las siluetas son por definición misteriosas, también su origen lo es. Muchos autores aseguran que el teatro de sombras surgió en una cueva ante una fogata hecha por el hombre paleolítico, pero yo pienso que antes de que llegara la noche y el frío, el sol ya había proyectado formas en superficies sobre las cuales niños y adultos se encontraron con el primer atisbo de sí mismos,  maravillados ante imágenes imposibles que creaban las siluetas superpuestas; notando cómo cambiaban las figuras dependiendo de la posición del sol. Y claro que más tarde por la noche en la caverna, ante la fogata, todo se volvía magia: el fuego distorsionando formas; el relieve de la piedra haciendo cambiar las siluetas proyectadas; los cuerpos humanos transformándose en “otro”. Un espacio lúdico sagrado donde dioses y humanos unían sus historias para ser narradas por aquel que poseía el conocimiento.

Más tarde, alguien tomó un muñeco y lo hizo bailar ante la luz: gigante aterrador o monigote inofensivo, el objeto dejó de ser lo que era, revelando ante los fascinados ojos de los espectadores una visión inasible. Quizá fue este carácter efímero de la sombra lo que provocó que los hombres tatuaran sobre las rocas manos y animales, buscando la permanencia de sus imágenes.

El ser humano se volvió creador de seres sin vida que, al animarlos, contaban las historias de los dioses y las representaciones se volvieron ofrendas rituales que vinculaban lo mundano con lo divino en un espectáculo fascinante. Los primeros títeres de sombras se elaboraron con las duras pieles curtidas de búfalos y ciervos, ideándose sistemas de manipulación como varas y palos.

Platón utilizó lo ilusorio de este espectáculo para narrar El mito de la caverna como una alegoría de la vana realidad que nos engaña con sus sombras y cuando logramos salir de la cueva nos deslumbra la luz de la verdad.

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Alegoría de la Caverna

Miles de años han pasado desde la primera sombra y los científicos nos han explicado cómo funciona el universo, desentrañando sus misterios, pero ni la ciencia ni la tecnología han logrado despojar a la sombra de su magia.

En casi todas las cosmogonías, lo primero que anuncian los mitos creacionales es: “Se hizo la luz” y luego se hizo todo lo demás, pero pegada a la luz venía la sombra que acompaña a cada cosa en forma de silueta persecutoria. Nuestra sombra nos persigue y, a veces, queremos ser como Peter Pan. Jugamos a ganarle o a perderla pero desistimos como el gato que quiere alcanzar su propia cola. Entonces, ¿por qué la sombra de Peter Pan tiene vida propia? ¿Qué carácter tiene aquello que no viene acompañado de la oscura silueta? Una vieja superstición asegura que aquellos seres que no proyectan sombras son demonios, algo así como los vampiros que no pueden reflejarse en un espejo.  Pero ¿cómo va a ser el adorable Peter Pan un demonio? El personaje de J.M. Barrie llevado a la pantalla grande por Disney es un pequeño espíritu travieso y chocarrero en forma de niño que lleva el nombre Pan, dios griego  asociado a Dionisos, fauno, macho cabrío que se vincula con el demonio.

Por otro lado, para Carl G. Jung el arquetipo de la sombra es la parte que el individuo no quiere ver de sí mismo, aquello que no acepta:

Este es el concepto de “la sombra,” que juega un papel tan importante en la psicología analítica. El Doctor Jung ha señalado que la sombra que proyecta la mente consciente del individuo contiene aquellos aspectos ocultos, reprimidos y poco favorables (o perversos) de la personalidad. Pero esta oscuridad no solo es el discurso del ego consciente. Así como el ego contiene actitudes desfavorables y destructivas, también la sombra posee cualidades buenas, instintos e impulsos creativos. El ego y la sombra, aunque separados, están indisolublemente vinculados de la misma manera en que el pensamiento y el sentimiento se relacionan el uno con el otro.

C.G. Jung, El hombre y sus símbolos 

Para Jung, el objetivo de que el individuo sea confrontado con su sombra no es que viva en una constante batalla al interior de su propio ser, sino que acepte esta parte oscura y la integre en sí mismo, viéndola de frente, sabiendo que son parte de lo mismo.

Yo creo que el ejercicio de relacionarnos físicamente con la materia prima de las siluetas nos ayuda en ese proceso de integración y el teatro de sombras, al menos a mí, me ha permitido entender aspectos interesantes tanto de mi psique como de la propia sombra. De hecho, mi fascinación por ella llegó a su punto cúspide cuando descubrí que era –junto con la luz– madre de una de mis mayores pasiones: el cine.  Puede parecer obvio porque la materia prima de la fotografía y el cine es la luz, pero una vez que comienzas a crear universos con habitantes que tienen una historia que contar y te ocultas detrás de una pantalla para hacer que cobren vida, no te queda la menor duda de que estás viviendo de cerca los orígenes del séptimo arte.

Aquí te dejo uno de esos universos que construí de la mano de queridos amigos:

Sígueme en twitter: @monbonfil

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