Carta de una mujer perfeccionista a los Reyes Magos

Ayer encontré, enredada entre los tendederos, una carta a los Reyes. Flotaba, amarrada del hilo del globo que la llevaría a su destino: mi azotea. La miré un par de veces antes de acercarme y, cuando lo hice, me quedé un rato preguntándome  si en los anales de la Ética existía algo en contra de leer este tipo de correspondencia, evidentemente ajena, llena de deseos. La desenredé y la abrí. Me volví esos Queridos reyes magos y los tres juntos encontramos una letra nada infantil que rezaba:

Queridos Reyes Magos:

Deseo me traigan:

– Bicicleta

– Tablet

– Un estuche de animales

– Unas canchas más grandes

– Un balón

– Transformers y Maxtil destroyer

– y lo que ustedes me gusten regalar

Debo confesar nuestra desilusión al ver las peticiones numeradas en incisos, sin ninguna explicación de por qué, aunque se hubiera portado mal,  sería un bonito detalle de nuestra parte regalarle todo lo que pedía. Volteamos la hoja buscando un consuelo y ahí estaba, una letra, redonda, redonda, en cada cuadrito:

Queridos Reyes Magos:

deseo que me traigas

– bisicleta, una tavleta, un estuche

–…

Al pequeño le arrebataron la pluma para escribir correctamente sus deseos del otro lado de la hoja. Esta madre dadivosa que de Reyes le regalaría a su hijo de siete-ocho años una tablet entre otros muchos regalos, no pudo esperar a que el pequeño escribiera su propia carta.

Imaginé al hijo de esta mujer perfeccionista, reprimido ante la desesperación de su madre, cediendo su ilusión, soltando aquel papel que volaría por los aires para ir a parar, no al reino lejano de tres señores barbudos más allá de las estrellas sino  a las manos de una desconocida parada junto a los tanques del gas.

Tras reflexionarlo, llegué a la conclusión de que la Ética no podría decir nada sobre mi intrusión en los deseos ajenos porque decidimos ajustarnos bien las capas al cuello y las coronas a la cabeza; hicimos cuentas, calculamos el presupuesto, y, habiendo llegado a un consenso de tres a cero, decidimos dejarles en lo que quedaba del arbolito, bajo la leyenda: para el niño reprimido y su madre perfeccionista, un par de blocks de cuadrícula chica para que nos escriban cuando quieran.

Y aquí estaremos, esperando más sorpresas del viento en las jaulas de la azotea.

 

Sígueme en twitter: @monbonfil

 

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