La magia y todo

Crecí principalmente rodeada de tres cosas: doctores, una familia muégano y magia. Aunque he comprobado que no siempre es el caso, el estar rodeado de médicos genera ciertos fenómenos que la gente normal no soportaría –ni tendría por qué– como pláticas escatológicas a la hora de comer, el uso indiscriminado de medicinas preventivas ante cualquier posible mal y la paranoia extrema de que el más mínimo síntoma se puede transformar en la más terrible enfermedad; eso sin contar el morboso énfasis en narrar los detalles más trágicos de cualquier historia.

No sé si todas las familias con más de dos doctores entre sus filas pasan por lo mismo, pero viví mi infancia visitando hospitales, jugando en laboratorios médicos y trepando los estantes de la farmacia de mi abuela para sacarle las cucharitas a los jarabes y comerme los Gerbers de manzana. ¡Divertido!

En cambio, la familia muégano es una historia dolorosa. Después de quince años de vivir tíos, primos, hermanos y abuelos unos pegados a los otros, compartiendo fiestas, risas, juegos y llantos, el muégano se desquebrajó en traiciones y robos al morir los abuelos. Y créanme que fue más sobrecogedor que escuchar sobre un parto gemelar en la víspera de año nuevo.

Aparentemente, además de los pleitos por pensiones alimenticias, éste es uno de los casos más comunes en los juzgados a nivel mundial, y, al menos a mí, me hace dudar del amor fraternal y de la fe católica de mis parientes. Imagínense a mi tía dándose golpes de pecho para que Diosito perdone sus pecados en vez de simplemente cumplir con la última voluntad de sus padres.

En fin. De estas dos experiencias aprendí unas cuantas cosas:

Si esperas gemelos, lo mejor es que te hagan una cesárea y, si estás a punto de morir, reparte tu herencia en vida –o gástatela o dónala– pero no dejes que tus hijos la repartan porque lo más seguro es que ese sea el fin de la cordialidad. Y otra cosa no menos importante, la familia no necesariamente está formada por gente que comparte tu sangre, sino por aquella que demuestra amarte ante todo y a pesar de todo, cosa que a veces es más fácil de encontrar en los amigos.

Por último, la magia.

Creo firmemente que por más médico, científico, ateo o católico, un mexicano no puede separarse por completo del mundo de la magia. Y, en mi caso, mi madre fue mi boleto de entrada a ese misterioso mundo. Siempre encendiendo velas, haciendo limpias o tirando cartas a cualquier curioso que se sentara a escucharla en la mesa del comedor, ella, a través de su gastada baraja, veía la vida de los otros. ¡Cómo me intrigaban esas 78 cartas con muñequitos que contaban historias!
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No podía esperar, quería saber, crecer, ser bruja o maga o adivinadora de fortunas. Crecí y me volví muchas cosas: productora audiovisual, titiritera, artista visual, escritora… y sí, también aprendí magia. Durante los años que he estudiando el Tarot y otros oráculos he logrado asomarme a los maravillosos mundos que se ocultan detrás de las apariencias de éste que transitamos a diario.
La magia está en todo. En los que creen y en los que no; en los que ven y en los que no; en los que sienten y en los que no. Todo, TODO, hasta la ambición de mis tíos y la muerte de mi médico favorito encierra un significado divino.

Sígueme en twitter: @monbonfil

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